
“¿Quién es el tercero que camina siempre a tu lado?
Cuando cuento, sólo estamos tú y yo juntos
pero cuando miro adelante por el camino blanco
siempre hay otro caminando a tu lado
deslizándose envuelto en un pardo manto, encapuchado,
no sé si hombre o mujer
- pero ¿quién es quien va al otro lado tuyo?”
T. S. Eliot, La tierra baldía, 1922
Ignoro si alguna vez Ernest Shackleton fue plenamente consciente, más allá del estricto cumplimiento de un deber sobrevenido, del verdadero alcance de su propia peripecia vital. Yo me atrevo a pensar que no. El espíritu humano es como ese piélago infernal sobre el que una voluntad navega precariamente sin conocer exactamente su destino; pero aquí, en la reducida visión que impone el difuso horizonte de la experiencia personal, tanto el uno como la otra acaban por ser la misma cosa, tornándose por ello indiscernibles.
Nosotros sí; nosotros, en la distancia, sí somos capaces de distinguir ese mar endiablado jugando cruelmente con esa precaria embarcación que no es sino la voluntad del individuo por resistir, por mantener viva una esperanza aun cuando ésta se obstine por perderse en el hielo o el violento oleaje, o aparecer tan negra y turbadora como una noche de zozobra en medio de la nada. La lección de Shackleton, perdido en la Antártida con veintisiete hombres más durante casi dos años, es la del triunfo de la voluntad de resistir a la adversidad, la de una esperanza mantenida viva mucho más allá de lo que pudiera parecer razonable, incluidos los límites humanos de la capacidad psíquica y física.
Pero yendo un poco más allá de lo que la historia nos cuenta, podemos sacar algo más en claro, algo que echa por tierra algunas de las creencias que en nuestra cultura han acabado por aparecer como el ABC de nuestra existencia. Nos hemos acostumbrado a clasificar a los individuo como triunfadores o perdedores en función de unos logros, casi siempre materiales, conseguidos o no. Desde este punto de vista, Shackleton es estrictamente un perdedor ya que, respecto a la aventura antártica, no pudo cumplir ninguno de sus anhelos personales. Pero visto desde el punto de vista de la experiencia que le tocó vivir, esa que él no eligió y ni siquiera en sus peores pesadillas pudo imaginar, quizá el rostro de la victoria nunca se nos aparezca más claro y resplandeciente. Triunfó donde la inmensa mayoría de los teóricos ganadores habría fracasado. Su triunfo es el del espíritu humano frente a la adversidad más descorazonadora, el de una voluntad de resistir y el de una esperanza que fueron más allá de lo que el espíritu humano es capaz de concebir. No conquistó el Polo Sur ni pudo atravesar la Antártida como pretendía, pero fue capaz de volver sano y salvo, y traer consigo a toda su expedición, después de un viaje al peor de los infiernos: el del horror más descarnado que habita en el fondo de nuestras almas.
Esa flor difusa, pero vigorosa, que emerge desde el fondo oscuro y turbador simboliza, para mí, el triunfo de esa voluntad y de esa esperanza. Los versos de T. S. Eliot que la acompañan aluden, como el propio Eliot declaró, a uno de los episodios de la expedición de Shackleton: la impensable travesía a pie de las montañas y glaciares nunca explorados de la isla de Georgia del Sur al límite mismo de la extenuación. El propio Shackleton y dos compañeros más fueron quienes en realidad hicieron esa travesía final en su desesperada búsqueda de ayuda humana. Eran tres, pero ellos siempre tuvieron la impresión de que alguien más les acompañaba…
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Notas:
- Caroline Alexander, Atrapados en el hielo. Además del texto de la autora, contiene una gran cantidad del magnífico material fotográfico que Frank Hurley nos legó sobre esta aventura. Además de las fotografías, también se recogen imagenes de video en el documental que, con el mismo nombre, se realizó basándose en el libro.
- En la red, la página que la Fundación Caixa Catalunya mantiene sobre la exposición itinerante basada en la experiencia de Shackleton con motivo del Año Polar Internacional.
- Más en la red: basta con insertar en algún buscador los nombres de Shackleton o Hurley: los resultados pueden ser abrumadores.