Inscripción

17 Junio, 2008

L[ucio] Murrio Rufino,
de 10 a[ños],
aquí ya[ce].

- Estela funeraria, Museo de Cáceres -

No recuerdo la cronología, pero así reza su epitafio. Ignoro quién pudo ser este Lucio Murrio Rufino, qué emociones alimentaron su espíritu y quiénes le lloraron. Por la inscripción sólo se que era joven, demasiado joven para que sus ojos se cerrasen.

A menudo imagino la vida como una ventana abierta en la oscuridad a través de la cual la luz nos revela un mundo sensible y hermoso. Si es así, por la ventana que a Lucio Murrio Rufino correspondió apenas si llegaron a penetrar los rayos del Sol. Sit tibi terra levis

Valgan estas pocas palabras para recordarle.


La flor del espíritu

3 Abril, 2008

La flor del esp�ritu

“¿Quién es el tercero que camina siempre a tu lado?
Cuando cuento, sólo estamos tú y yo juntos
pero cuando miro adelante por el camino blanco
siempre hay otro caminando a tu lado
deslizándose envuelto en un pardo manto, encapuchado,
no sé si hombre o mujer
- pero ¿quién es quien va al otro lado tuyo?”

T. S. Eliot, La tierra baldía, 1922

Ignoro si alguna vez Ernest Shackleton fue plenamente consciente, más allá del estricto cumplimiento de un deber sobrevenido, del verdadero alcance de su propia peripecia vital. Yo me atrevo a pensar que no. El espíritu humano es como ese piélago infernal sobre el que una voluntad navega precariamente sin conocer exactamente su destino; pero aquí, en la reducida visión que impone el difuso horizonte de la experiencia personal, tanto el uno como la otra acaban por ser la misma cosa, tornándose por ello indiscernibles.

Nosotros sí; nosotros, en la distancia, sí somos capaces de distinguir ese mar endiablado jugando cruelmente con esa precaria embarcación que no es sino la voluntad del individuo por resistir, por mantener viva una esperanza aun cuando ésta se obstine por perderse en el hielo o el violento oleaje, o aparecer tan negra y turbadora como una noche de zozobra en medio de la nada. La lección de Shackleton, perdido en la Antártida con veintisiete hombres más durante casi dos años, es la del triunfo de la voluntad de resistir a la adversidad, la de una esperanza mantenida viva mucho más allá de lo que pudiera parecer razonable, incluidos los límites humanos de la capacidad psíquica y física.

Pero yendo un poco más allá de lo que la historia nos cuenta, podemos sacar algo más en claro, algo que echa por tierra algunas de las creencias que en nuestra cultura han acabado por aparecer como el ABC de nuestra existencia. Nos hemos acostumbrado a clasificar a los individuo como triunfadores o perdedores en función de unos logros, casi siempre materiales, conseguidos o no. Desde este punto de vista, Shackleton es estrictamente un perdedor ya que, respecto a la aventura antártica, no pudo cumplir ninguno de sus anhelos personales. Pero visto desde el punto de vista de la experiencia que le tocó vivir, esa que él no eligió y ni siquiera en sus peores pesadillas pudo imaginar, quizá el rostro de la victoria nunca se nos aparezca más claro y resplandeciente. Triunfó donde la inmensa mayoría de los teóricos ganadores habría fracasado. Su triunfo es el del espíritu humano frente a la adversidad más descorazonadora, el de una voluntad de resistir y el de una esperanza que fueron más allá de lo que el espíritu humano es capaz de concebir. No conquistó el Polo Sur ni pudo atravesar la Antártida como pretendía, pero fue capaz de volver sano y salvo, y traer consigo a toda su expedición, después de un viaje al peor de los infiernos: el del horror más descarnado que habita en el fondo de nuestras almas.

Esa flor difusa, pero vigorosa, que emerge desde el fondo oscuro y turbador simboliza, para mí, el triunfo de esa voluntad y de esa esperanza. Los versos de T. S. Eliot que la acompañan aluden, como el propio Eliot declaró, a uno de los episodios de la expedición de Shackleton: la impensable travesía a pie de las montañas y glaciares nunca explorados de la isla de Georgia del Sur al límite mismo de la extenuación. El propio Shackleton y dos compañeros más fueron quienes en realidad hicieron esa travesía final en su desesperada búsqueda de ayuda humana. Eran tres, pero ellos siempre tuvieron la impresión de que alguien más les acompañaba…

***

Notas:

  1. Caroline Alexander, Atrapados en el hielo. Además del texto de la autora, contiene una gran cantidad del magnífico material fotográfico que Frank Hurley nos legó sobre esta aventura. Además de las fotografías, también se recogen imagenes de video en el documental que, con el mismo nombre, se realizó basándose en el libro.
  2. En la red, la página que la Fundación Caixa Catalunya mantiene sobre la exposición itinerante basada en la experiencia de Shackleton con motivo del Año Polar Internacional.
  3. Más en la red: basta con insertar en algún buscador los nombres de Shackleton o Hurley: los resultados pueden ser abrumadores.

Zweig

23 Noviembre, 2007

De la mano del viento

Pensé una vez que sí, que había esperanza. Después quise creer que no, que obstinarse era en vano, que no había nada a que agarrarse.

Y sé, por eso, que soy libre aunque a veces lo olvide. Fuera el viento esculpe las nubes; pero dentro, ¿qué otro viento esculpe las pasiones del alma?


La mirada de Grecia

28 Agosto, 2007

La mirada de Grecia

Hace unos días comencé a jugar con esta imagen: quería poner en ella algo que también fuese mío. Al final la dejo así, tal cual quedó registrada en mi cámara un día de septiembre del pasado año.

El famoso Auriga de Delfos cuenta con una sala sólo para él en el museo que se halla junto a las ruinas del célebre santuario. Fue una suerte inmensa para mí poder disfrutar de casi media hora a solas con la imagen; porque, aunque parezca increible, en un museo en el que las multitudes no escasean, nadie en esa media hora entró en la sala que ocupa el Auriga. Lo cosideré un regalo de vayan ustedes a saber qué divinidad y así tuve para mí todas las ubicaciones, todas las perspectivas y todas las distancias posibles alrededor de la imagen. Finalmente, reparé en el rostro y es esta, aun no siendo buena, la imagen que más me gusta de todas cuantas me traje. Tuve la impresión en ese momento de que la persona que lo creó puso en esos ojos una mirada muy especial, una mirada que está por encima de tiempo y que va mucho más allá de cualquier tiempo.

Ahora que la desgracia ha llegado a Grecia de la forma en que lo ha hecho, yo quiero traer aquí esa mirada. Porque el viento se irá, las lluvias llegarán, se apagarán todos los fuegos, los árboles crecerán y los pueblos destruidos volverán a renacer de sus ruinas; y el pueblo griego, como su Auriga, volverá a mirar otra vez, por encima del tiempo, mucho más allá de cualquier tiempo.

Quedarán, eso sí, los muertos habidos; y quedarán como el tributo que la humanidad tiene que pagar, necesariamente, por tanta estupidez como hay esparcida sobre el planeta.